La soledad de los números, primo

Festival del humor el titulito, ya lo sé.

Pues es que hoy me ha dado por pensar otra vez y se me ha ocurrido mezclar posmodernidad con soledad. Un tostón, ¿verdad? Pues a lo mejor, pero yo siempre digo dos cosas: que escribir me sale gratis y que aquí mando yo. Así que ése es el tema.

Una de los grandes logros de la posmodernidad, aparte de la enumeración como recurso comodín (los de aquel “para los grandes, para los chicos, para los que…” de Coca-cola legaron al mundo más de lo que se pensaban) es la democratización más absoluta de lo que antes se llamaban profesiones liberales. Resulta que ahora puedes ser lo que te de la gana sin tener que adquirir un compromiso lo bastante poderoso como para obligarte a conocer una técnica determinada.

-Para ser músico no hace falta saber música: basta con tener una webcam, una guitarra y saber versionar acústicamente cualquier canción pop con tres acordes. Youtube hace el resto.

-Para ser fotógrafo no hace falta saber mucho de fotografía. La mayoría de las cámaras ya hacen todo el trabajo por uno, y si tienes un iPhone con Instagram ya entras en una categoría completamente distinta (la misma, curiosamente, en la que suelo meter a los que van con fixies por Barcelona, que digáis lo que digáis no deja de ser una bicicleta SIN FRENOS).

-Para escribir está comúnmente aceptado encadenar pensamientos o frases rotas sin excesiva coherencia (la enumeración que comentaba), o emplear frases con verbos en infinitivo para hablar de algo que te ha pasado a ti y convertirlo en algo general con lo que se puedan reconocer los demás (se me ocurre que este recurso puede ser un reflejo de aquel “…no tiene precio. Para todo lo demás, MasterCard”. La posmodernidad es hija de la publicidad, veo), y o bien ponerlo todo junto en un blog en caso de los más laboriosos, como un servidor, o dejarlo todo en Facebook o twitter.

-Para ser interesante no hace falta leer mucho. Basta con dedicarle muchas horas a un tema, a ser posible de lo más fragmentado y minoritario posible dentro de las siguientes áreas: manga y cultura popular japonesa (“Neon Genesis Evangelion es la mejor serie de la historia”), rock alternativo (“Los de “The Pains of being pure at heart” me gustaban en 2007 cuando no los conocía nadie”), música experimental y/o electrónica (“No sé si el comeback de “Lamb” es un hito o una catástrofe, porque desde “Gorecki” el trip-hop no ha vuelto a ser lo mismo”), o cine (“Sino fuera porque AMO al Wes Anderson de “The Darjeeling Limited”, diría que “Meek’s Cutoff” de Kelly Reichardt es mi película favorita desde ya”)

-Incluso para ser activista de lo que sea basta con compartir en las redes sociales y ocasionalmente firmar peticiones en change.org o avaaz.org.

Se me ocurren algunos ejemplos más, pero lo que yace en la base de toda esta globalización tan tremenda es una flagrante falta de auto-exigencia y de compromiso y un desdén manifiesto por el dominio de la técnica, cualquiera que sea.

Y cada vez que llego a esta conclusión, la pregunta es siempre la misma: ¿eso es bueno o es malo?

Mi primer instinto me dice que malo. Terrible. Catastrófico, vaya, porque fomenta una erosión cultural e intelectual bastante preocupante (no hay más que ver el nivel general de los nuevos Universitarios), pero si uno se para a pensarlo, por desagradable que sea lo cierto es que se trata únicamente del producto del tiempo en que vivimos. Como cuando uno intenta enmascarar lo peor de uno mismo culpando a las circunstancias: algo así como una versión cínica del Dr. Jekyll, que no sólo niega conocer a Mr. Hyde, sino que además lo pone a parir y echa la culpa a los inmigrantes, al Gobierno o lo cara que está la vida.

Supongo que se podría decir que estamos en una época de cambio, que está cambiando la manera en la que nos relacionamos entre nosotros (smartphones y redes sociales mediante) y con el conocimiento (Wikipedia!), pero a mí me da que se trata más de un mundo de contrastes: la ignorancia se glorifica en televisión pero al mismo tiempo nunca en la Historia los museos habían tenido tantos visitantes como ahora; vivimos en el momento potencialmente más creativo de la Historia y, a la vez, en el más aborregado.

Creo que muchos de los contrastes de los que hablo son en realidad una manifestación de la necesidad de afirmación individual y, sobre todo, de que lo que nos hace únicos más allá de ser los más obesos, sobremedicados y sedentarios de la historia de la Humanidad, es que ahora somos más conscientes que nunca de lo solos que estamos. La soledad es tan implacable hoy en día que todos llevamos dentro un pedacito aunque estemos rodeados de gente.


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La “masa” cada vez está más fragmentada, y el ejemplo más claro lo ves cuando la sociología y la publicidad se unen para etiquetar subgrupos: “singles”, “DINKY“, “metrosexual”, “ubersexual”, “ SWOFTY“, etc. Y esta fragmentación hace que el sentimiento de pertenencia transite por rutas diferentes: tú no me compras un producto para sentir que perteneces, ahora yo te vendo a ti un producto que apela (Apple-la) a tu singularidad pero con la esperanza de que resulte lo bastante ambiguo y homogéneo como para ser un superventas. Y a un nivel menos consumista, resulta que, por ejemplo, nunca se nos había recordado tanto como ahora el hecho de que por muy estupendos que nos creamos, en algún momento u otro nos vamos a morir: enfermedades, curas, avances médicos, suicidios adolescentes, eutanasia, accidentes de tráfico.

Solos hemos estado siempre, pero nunca antes habíamos tenido que hacernos cargo de ello con tanto ímpetu como ahora. No sé cuál es la solución, si es que la hay o siquiera si hace falta una, porque lo único que se me ocurre para atajar la soledad es aprender a estar con  uno mismo, y sobre esto ya hay libros de auto-ayuda como para parar un tren. Así que volviendo a la pregunta de si esta época de contrastes es buena o mala, se  me antoja pensar que todo esto es necesariamente bueno, por descorazonador que pueda resultar a veces, porque asumir que uno está solo es también constatar que uno está un poquito más vivo.

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