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Mark Zuckerberg dona $500 millones en acciones de Facebook

Foto: AP

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El CEO de Facebook sacó la chequera para apoyar a una organización de caridad en el valle del silicio. Read the rest of this entry »

Red Social: el estado (cultural) de las cosas


OSCAR TAFFETANI

De los valores posibles de la sociedad humana,
uno es verdaderamente soberano,
verdaderamente universal, verdaderamente sólido,
verdadera y absolutamente aceptable
como objetivo del hombre en Norteamérica: el dinero.

C. Wright Mills. “La élite del poder”

A las amigas y amigos de Facebook

Entre los tópicos del cine de Hollywood (que son tópicos, además, de la literatura norteamericana) está el del hombre arquitecto de su destino, el self-made-man que sale de abajo –de ese barro nutricio que es el pueblo- y llega a una posición de prestigio y poder en la comunidad. El mito del American Dream o Sueño Norteamericano, nacido en el siglo XVIII (no olvidemos las observaciones proféticas de Tocqueville) alcanzó en el siglo XX su versión más popular, halagando el espíritu de la clase media, una clase que se define por sus consumos, antes que por su producción.

Podríamos pasar vista a cientos de películas y novelas que en mayor o menos medida y con mayor o menor calidad incluyeron el tópico del empresario fracasado-exitoso, fracasado-exitoso-fracasado y todas las variantes posibles. Sin embargo, son insoslayables textos como la novela inconclusa de Scott Fitzgerald El último magnate y películas como El ciudadano, de Orson Welles, ambas alumbradas en el bélico 1941.

Casi medio siglo después, disimulado entre algunas obras maestras, Francis Ford Coppola entregó el film Tucker: un hombre y su sueño, que narra el ascenso y caída de un joven constructor de automóviles capaz de desafiar la preceptiva de Henry Ford y desoír el consolidado “modelo Detroit”.

La película Red Social, estrenada el 24 de septiembre de este año en el Festival de Cine de Nueva York, se inscribe, a su modo, en esta tradición cinematográfica y cultural. Rodada y producida a velocidad, para aprovechar el crecimiento exponencial de la red Facebook (que llegó en sólo cinco años a los 500 millones de usuarios), cuenta el ascenso económico de Mark Zuckerberg (cofundador de Facebook), la suerte de su primer coequiper Eduardo Saverin y un tramo de la vida de Sean Parker (el creador de Napster).

Uno de los necesarios paradigmas de esta película, dirigida por el también ascendente David Fincher (El club de la pelea, Pecados capitales, etc.) es la velocidad. Hay una mimetización y una asimilación fílmica de lo que es la velocidad de la informática, la velocidad de los negocios de la informática y la veloz carrera de los líderes de la informática. La historia juega todo el tiempo con ese paradigma: velocidad para hackear o para traspasar un firewall (prueba de admisión para la empresa de Zuckerberg); velocidad para relacionarse con una chica o para cortar la relación con una chica; velocidad para materializar las buenas ideas, o bien para hacer dinero sin levantarse de la silla. Velocidad, siempre, como paradigma de este tiempo.

Fincher y sus sponsors hicieron una película rápida para un público que adora la velocidad y que encuentra en su juventud (no hay padres, no hay herencia, no hay tradición visible) la carta de triunfo. Se trata del triunfo económico, en primer lugar (el crecimiento exponencial de la propia empresa) y del triunfo moral en menor medida (poder dar una lección a los agoreros que han despreciado nuestras ideas).

Sin embargo, esa misma rapidez que caracteriza el film marca sus límites a la hora de entregar una perdurable lección de vida. Porque el único saldo que deja la historia narrada, es que un joven de clase media puede hacer mucho dinero en poco tiempo y puede traicionar a sus amigos por el camino, pero finalmente, cuando cree que ha llegado, no podrá comprar con dinero el amor de la chica que más quiere. Eso es todo.

La más antigua canción

Zuckerberg, recordemos, era un alumno de Harvard. Con esfuerzo propio y de sus padres había llegado hasta allí. Sin embargo, Harvard seguía siendo Oxford y Cambridge. Es decir, seguía siendo el traumático cordón umbilical, mil veces cortado y restaurado, con la madre patria británica.

Por eso es que Mark (en la ficción, interpretado por Jesse Eisenberg) no consigue entrar a ninguna logia y a ningún final club de esos muy excluyentes que hay en Harvard. Ésa es una de sus frustraciones. Y por eso cuando los gemelos Winklevoss, desde uno de esos restringidos clubs, lo invitan a trabajar en la primera red social de Harvard, decide traicionarlos. Estaba escrito en el cielo que Mark Zuckerberg iba a traicionarlos. Es la eterna venganza que la middle class norteamericana, igualitaria y democrática desde el origen, sigue ejecutando contra la realeza y los privilegios de sangre.

Hagamos un poco de memoria. La formidable expansión tecnológica y comercial de la informática, de Internet, de la comunicación digital y las redes sociales, tuvo como principal actor y protagonista a la clase media norteamericana. Los garage boys y las industrias de garage –semilleros fecundos que han alimentado la gran industria del país del Norte- no hubieran existido sin malos estudiantes, sin estudiantes inconclusos y sin graduados de la clase media, listos para aplicar las variables del contexto y los conocimientos adquiridos a la gestación de “nuevos negocios”.

John Doerr (Intel, Compaq, Netscape, Google); Bill Gates (Microsoft); Steve Jobs y Steve Wozniak (Apple); Marc Andressen y James Clark (Netscape); Jerry Yang (Yahoo!); Larry Page y Sergei Brin (Google); Jimmy Wales y Larry Sanger (Wikipedia); Tom Anderson y Chris DeWolf (Myspace); David Bohnett (Geocities); Sean Parker (Napster); Chad Harley, Steve Chen y Jawed Carim (YouTube) y Mark Zuckerberg y Eduardo Saverin (Facebook), por nombrar algunos de los más relevantes, son todos hijos –por segunda, tercera o cuarta generación- de la clase media norteamericana. En las historias de cada uno de ellos hay una memoria inmigrante, de adaptación y de asimilación de los nuevos códigos.

El creador de Apple, por poner un ejemplo, es un hijo de sirios dado en adpción a inmigrantes armenios. El creador de Yahoo! llegó a los dos años a los Estados Unidos y sólo sabía decir en inglés la palabra shoe (zapato). El socio inicial de Mark Zuckerberg también es de origen judío, pero nacido en San Pablo y criado en Miami. De esa greda creció el jardín. Y el bosque.

Sin embargo –y aquí aludimos a la cita de Wright Mills del comienzo- la conquista del dinero y el poder económico, si bien figura en primer lugar, no es el único componente del Sueño Norteamericano. Hay otra parte de ese sueño, utópica, que sigue alimentando el imaginario social. De esa parte se ocupa el film La sociedad de los poetas muertos (Peter Weir, 1989). No casualmente, allá por los ’80, fue un realizador australiano quien les tuvo que recordar a los propios norteamericanos que ellos también descienden del leñador Abraham Lincoln y del utopista David Thoreau, de Walt Whitman, de los beatniks y de los hippies.

Aunque la película de Fincher trata sobre una parte de ese Sueño, recordemos aquí que esa parte del ascenso individual y del poder del dinero no es la única. Y que de la otra parte, justamente, se alimenta una gran revolución comunicativa y filosófica, que busca fundar en Internet y en las redes del mundo digital otro sueño de igualdad y convivencia.

Penúltima cita de Wright Mills

En el final de la película Red Social, cuando Mark se anima a solicitar la amistad de Erica en la red que él mismo ha creado y clickea ansioso el botón de refresh (actualizar) para saber si su ex novia le contesta, el director eligió ubicar, como tema musical de cierre, una canción de Los Beatles, “Baby, you are a rich man”. La precaria reflexión de Fincher queda fijada en ese instante, que también hubiera podido expresarse con una canción de los Rolling Stones: “You can’t always get what you want”.

Pero Wright Mills, el talentoso y prematuramente desaparecido Wright Mills, nos dice algo muy importante, en el libro que citamos al comienzo: “La mayor parte de la gente piensa que los más poderosos y más ricos son a la vez los que más saben; o podríamos decir, los más inteligentes. Ese pensamiento es respaldado por eslóganes del sistema: ‘Los que se dedican a enseñar, es porque no pueden hacer’ ó ‘Si sos tan inteligente ¿por qué no sos rico?’. Quienes repiten esos chistes creen, de verdad, que el poder y la riqueza son los valores que los hombres –especialmente los más listos y más sabios- deben perseguir. Piensan que el saber paga –o recompensa- de esa manera, y que la prueba de que ellos saben es que son ricos y poderosos. Pero si razonamos mejor, al admitir ellos que son ricos y poderosos porque accedieron al conocimiento, están diciendo que la verdadera riqueza es el conocimiento”.

Esta penúltima cita del maestro Wright Mills, más que la película de Fincher, nos invita a participar como actores, y no como meros espectadores, en la llamada revolución de las comunicaciones y en la cambiante sociedad del conocimiento.

(Escrito para “Bandida Urbana”. Es libre su reproducción)

 

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